
La vida de cubito de hielo siempre había sido plácida, serena, silenciosa, blanca.
Hasta el día en que descubrió que junto a su cubitera descansaba otro cubito de hielo en forma de corazón.
Inmediatamente, supo que existían el rojo, el sol y las mariposas. Los atardeceres y los amaneceres, la música de Beethoven y los abrazos.
Pero claro, ninguna de estas cosas se guarda en el congelador.